“Subir al metro y encontrarme a alguien leyendo ‘Blackwater’ fue una experiencia increíble”

 

El ilustrador madrileño, Pedro Oyarbide ha encontrado en las portadas de libros un lenguaje visual propio, caracterizado por la ornamentación, la abundancia de detalles y una potente carga simbólica. Nada que ver con el minimalismo y sí mucho con el horror al vacío. El punto de inflexión en su carrera ha sido la saga Blackwater, convertida en un fenómeno editorial en Europa, con más de dos millones y medio de ejemplares vendidos, y que consecuentemente le ha abierto las puertas de nuevos proyectos editoriales. Entre ellos figuran ediciones ilustradas de El Principito, El rayo que no cesa, de Miguel Hernández, y La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, en una edición especial por su veinticinco aniversario. Hablamos por lo tanto con él en un momento clave de su trayectoria marcado por un estado de plena ebullición creativa y nuevas posibilidades y cómo fueron sus inicios hasta el reconocimiento actual.

-Estudié la carrera en Madrid y después estuve en Alemania haciendo un máster de diseño. Poco a poco empecé mi trayectoria profesional en un estudio de una agencia de ilustración y publicidad en Inglaterra. Fui recibiendo encargos por mi cuenta hasta que me centré en mi carrera como freelance, así que llevo trabajando como ilustrador independiente desde 2013.

Hace unos cinco años empecé en el mundo editorial, haciendo portadas de libros. A raíz de Blackwater, que ha sido uno de los proyectos más significativos que he realizado, fueron llegando otros clientes y encargos. Creo que ese fue el punto clave, porque la saga se hizo muy viral y se convirtió en un éxito de ventas en España y en otros países europeos. La última vez que lo consulté, se habían vendido entre dos y dos millones y medio de ejemplares en Europa.

Algunos periodistas han señalado que las portadas jugaron un papel importante en ese éxito. El trabajo funcionó muy bien y otras editoriales empezaron a pedirme proyectos similares.

-¿Qué trabajos te han llegado después de Blackwater?

-Llegó la editorial Lunwerg con una primera propuesta relacionada con El Principito y también he trabajado en otros proyectos, como La Divina Comedia, y recientemente ha salido El rayo que no cesa, de Miguel Hernández, entre otros encargos.

Además, hay proyectos que todavía están pendientes de publicación, uno de los más importantes es la edición ilustrada de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, con motivo del veinticinco aniversario de la novela. Hemos preparado con Planeta una edición que incluye cerca de diez páginas ilustradas y otros nueve elementos interactivos. He trabajado prácticamente durante un año en este proyecto, hace poco vi las pruebas de impresión y creo que ha quedado muy potente. Es un libro icónico de la literatura española contemporánea y supone un orgullo que me lo hayan encargado. La publicación está prevista para el 19 de noviembre.

-También has ilustrado por completo El rayo que no cesa, de Miguel Hernández. ¿Qué supuso ese proyecto?

-Fue un reto importante. Aunque ya había ilustrado unas veinte páginas de El Principito, este libro está completamente hecho por mí, una de las particularidades es que redibujé los textos de manera que diseñé las letras y hay pequeños juegos visuales con algunas palabras. Unas se caen, otras se derriten y van interactuando con los poemas.

El desafío consistía en interpretar el poemario y conseguir que la ilustración dialogara con el texto. Quería que hubiera cohesión entre ambos elementos y que las letras no parecieran una tipografía perfecta de ordenador, por eso también trabajé para que tuvieran cierta irregularidad.

Estoy satisfecho con el resultado. Ha sido un trabajo muy diferente al de diseñar una portada, porque aquí tienes que interpretar toda la obra y construir un lenguaje visual que acompañe a cada poema.

-Tu estilo se caracteriza por la ornamentación y la abundancia de detalles. ¿Cómo lo definirías?

-Creo que una de las características de mis portadas es que tienen muchos elementos. No suelo trabajar con una única imagen central, sino que distribuyo los puntos de atención por distintos lugares de la composición. También intento incorporar elementos en la sobrecubierta y en la contraportada, para elevar un poco el libro a la categoría de objeto que puedas coleccionar y que cada centímetro cuadrado esté lleno de información. Eso me interesa mucho. La inspiración procede de todo el arte ornamental, especialmente de los siglos XVIII y XIX, cuando muchas portadas trataban al libro como un objeto artístico y de colección. Los materiales también influyen: los dorados, los relieves y los acabados contribuyen a transmitir la idea que quiero expresar con mis ilustraciones.

-A veces se compara tu trabajo con las cartas del tarot. ¿Estás de acuerdo?

-Sí, hay una relación. Precisamente, mi primer trabajo más importante en el mundo editorial fue Blackwater, y para ese proyecto utilicé como referencia unas barajas de póquer que había diseñado para diferentes marcas. Eran barajas con mucho dorado, numerosos elementos e iconos, y sirvieron como punto de partida para las portadas. El mundo del tarot también tiene un simbolismo muy potente, hay una estética algo oscura y una gran riqueza simbólica que me interesa.

-¿Cómo explicarías tu forma de trabajar?

-Cuando recibo un proyecto, como ocurrió con Blackwater o con La sombra del viento, empiezo tomando notas y haciendo pequeños bocetos rápidos de las cosas que me sugiere la lectura. Después reúno todos esos ingredientes y construyo una ilustración a partir de los elementos que me han llamado la atención durante el proceso.

-¿Te planteas evolucionar hacia un estilo más minimalista?

-En realidad, me sucede lo contrario. Aunque personalmente me encanta el arte minimalista, el lenguaje que he encontrado y desarrollado es precisamente el de la abundancia de información. Mis portadas suelen estar llenas de elementos. Frente a la máxima del minimalismo, que defiende que menos es más, yo intento contar una historia más rica añadiendo más cosas. Es la manera en la que enfoco estos proyectos.

Es verdad que muchos ilustradores evolucionan hacia la sencillez, pero yo disfruto complicando la composición. Encontrar un estilo propio, un lenguaje visual personal, es una de las cosas más difíciles para un ilustrador, y creo que ya tengo una manera de desarrollar mi trabajo. No descarto que en el futuro pueda crear una línea más simplificada, pero ahora mismo disfruto con este tipo de ilustración que es también lo que me piden las editoriales.

-¿Cómo viviste el éxito de Blackwater? ¿Esperabas que alcanzara tanta repercusión?

-Fue increíble porque se trataba de una obra que estaba prácticamente olvidada, su autor había fallecido y sus libros no tuvieron recorrido en Europa, se habían publicado en Estados Unidos, pero aquí eran prácticamente desconocidos, salvo para algunos coleccionistas.

Una editorial francesa me hizo el primer encargo porque habían seguido mi trabajo con las barajas de póquer, querían unas portadas para una saga de seis volúmenes, con una paleta de colores diferente para cada uno. La estética era similar, pero trabajamos cada portada de manera independiente, sin repetir los elementos tipográficos ni los demás componentes. Le dedicamos muchas horas a definir el enfoque del proyecto y el resultado funcionó muy bien en Francia. Después, una editorial italiana publicó los libros con las mismas portadas y, más tarde, llegó el éxito rotundo en España.

A raíz de aquello han ido llegando otros títulos del autor. El año pasado salió Hija de la venganza, también con una portada mía, y poco a poco se están publicando en España otros libros que ya había ilustrado para la edición francesa, de hecho en Francia llevamos alrededor de seis títulos adicionales, todos con mis portadas. Cuando ves la colección completa creo que se está construyendo algo con una identidad propia.

Para mí fue un auténtico impacto empezar a ver los libros en España, siempre había trabajado mucho para el extranjero, haciendo ilustraciones para campañas o carteles en Estados Unidos e Inglaterra, y rara vez podía ver físicamente el resultado. Por eso, subir al metro y encontrarme a alguien leyendo Blackwater fue una experiencia increíble. Es muy satisfactorio entrar en una librería y ver tus portadas.

-La saga parece pertenecer al género del realismo mágico en cuanto que combina una historia familiar con elementos sobrenaturales. Supongo que esa mezcla te ofrecía un montón de posibilidades.

-Es una saga familiar que se extiende a través de varias generaciones y que indudablemente incluye muchos elementos sobrenaturales y situaciones inexplicables, cercanas a lo que podríamos llamar realismo mágico. Todo eso se prestaba muy bien a la ilustración, porque ofrecía muchos elementos simbólicos, personajes y situaciones que podían trasladarse al dibujo. En ese sentido, el autor te lo pone fácil porque te proporciona un montón de material visual que puedes interpretar.

-Has comentado que te arrepientes de no haber negociado derechos de autor por las ventas de Blackwater, lo que hubiera supuesto una cantidad considerable de dinero.

-Cuando te llega un título de un autor que no ha tenido mucha repercusión, no sabes qué recorrido puede alcanzar. Imagino que para la propia editorial también era un riesgo.

     Cuando el encargo consiste tan sólo en una portada, normalmente no se negocian royalties, pero en cambio, si ilustras el interior de un libro, como hice con El Principito, puedes tener una posición distinta, porque participas de una manera más amplia en la obra.

En el caso de Blackwater, cobré una tarifa por las portadas, si hubiera recibido una pequeña cantidad por cada libro vendido, me habría ido muy bien, teniendo en cuenta que las ventas ya van por entre dos y dos millones y medio de ejemplares en Europa. Cada vez que las portadas se han adaptado a otros idiomas, como el italiano o el español, he tenido que realizar nuevos trabajos y he cobrado por esas adaptaciones, pero no es comparable con lo que pueden haber ingresado los editores.

Es difícil predecir un éxito así. A partir de ahora, cuando recibo un proyecto, sí que miro con más atención si tiene posibilidades de alcanzar una repercusión importante. En algunos contratos establezco cláusulas y bonus vinculados al número de ejemplares vendidos para cubrirme un poco las espaldas. Aun así, cuando se trata solamente de una portada, es difícil negociar derechos de autor. Tú presupuestas el diseño, pero eres el ilustrador de su envoltorio, no de la obra en su conjunto.

-¿Cuánto tiempo dedicas normalmente de media a cada proyecto?

-Las portadas de Blackwater llevaron aproximadamente cuatro o cinco meses de trabajo. Cuando se trata de un libro ilustrado, como El Principito o El rayo que no cesa, el proceso es mucho más largo, porque hay que trabajar todo el interior. Cada uno de esos libros me ha llevado alrededor de seis meses.

En El rayo que no cesa dediqué más tiempo a los textos porque quería que hubiera una cohesión entre las letras y las ilustraciones, no quería que las palabras parecieran mecanografiadas de forma perfecta, así que las redibujé y trabajé con ellas visualmente. La sombra del viento también ha sido un proyecto muy extenso, incluye elementos desplegables que he desarrollado junto a un ingeniero de papel con el que he diseñado cómo se abren las páginas y se despliegan las distintas estructuras.

En algunas escenas, por ejemplo, se levanta una especie de fuelle que permite mirar a través de una cerradura hacia una habitación. Hay que ilustrar todos los lados y todas las capas. No se trata de hacer una única ilustración, sino de crear una estructura con ocho o nueve elementos ilustrados. Eso multiplica el trabajo.

-¿Cuántas horas al día dedicas al dibujo?

-Suelo trabajar unas cuatro o cinco horas de dibujo real al día. No creo que mi cabeza dé para mucho más, porque hay ilustraciones con tantísimo detalle que acabas agotado. A veces terminas recurriendo al ibuprofeno para sobrellevar el trabajo. Intento compaginar los dos tipos de trabajo: proyectos que me lleven menos tiempo y funcionen bien económicamente, con otros más artísticos. Después hay muchas otras horas dedicadas a la gestión, a responder correos electrónicos, revisar comentarios y hablar con los clientes para concretar lo que necesitan en cada proyecto. Pero, en cuanto al dibujo propiamente dicho, suelo hacer esas cuatro o cinco horas.

-¿Utilizas herramientas de inteligencia artificial para resolver partes del trabajo más rutinarias o complicadas?

-He visto lo que puede hacer la inteligencia artificial generativa. Es un recurso que está ahí y alguna vez me he sentido tentado a utilizarlo, por ejemplo, cuando no consigo resolver una determinada postura. Evidentemente, puede facilitarte mucho las cosas pero no me gusta recurrir a ella, más bien intento evitarla a toda costa. Prefiero trabajar como lo hemos hecho tradicionalmente: buscar referencias y resolver las imágenes de una manera más orgánica, además, creo que al final se nota cuando hay algo generado mediante inteligencia artificial, por eso prefiero seguir trabajando de la manera habitual.

-¿Te imaginas haciendo un cómic? ¿Tienes algún proyecto en ese sentido?

-La verdad es que nunca me ha llegado la oportunidad de hacer uno, además, estoy intentando trabajar un poco menos y centrarme en las portadas y un cómic de sesenta o setenta páginas supone muchísimo trabajo, con una gran cantidad de viñetas.

     Aunque el resultado puede ser muy bonito, como ocurre con algunos libros ilustrados, la cantidad de horas que exige es enorme, por eso prefiero centrarme en otros formatos. También trabajo mucho en publicidad, haciendo ilustraciones para campañas, son proyectos más llevaderos porque hay un briefing y la agencia te marca las pautas. En el mundo editorial, en cambio, tienes más libertad artística y debes decidir cómo vas a interpretar cada obra.

-¿Eres aficionado al cómic?

-Tengo referentes, pero no diría que haya sido un gran consumidor de cómic, ni que hayan sido mi principal fuente de inspiración.